Imperio Austro-Húngaro
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Imperio Austro-Húngaro
4. El auge del sistema: 1867-1895

Austria-Hungría disfrutó de una cierta tranquilidad tanto en el interior como en el exterior durante los veinte años siguientes a 1867. La calma acabó por prevalecer en Hungría gracias al gobierno firme de Kálmán Tisza, a pesar de que su partido de liberales leales al Compromiso de 1867 continuó manteniendo una actitud hostil hacia aquellas nacionalidades del reino húngaro que se negaron a adoptar la cultura magiar. Austria atravesó un periodo de reformas y prosperidad bajo los gobiernos liberales “alemanes” (1867-1879), que fueron seguidos del “anillo de hierro”, como se conoció a una coalición compuesta por eslavos y sectores conservadores, aristocráticos y radicales, encabezada por el amigo personal de Francisco José I, el conde Eduard Taaffe (1879-1893), que luchó con cierto éxito para mantener a los nacionalistas “en un estado moderado de insatisfacción”.

Hacia 1871, los problemas de la Monarquía Dual en política exterior se habían simplificado tras la retirada del Imperio de las regiones que ocuparon el recién unificado reino de Italia y el flamante II Imperio Alemán. Su principal interés a partir de entonces se centró en mantener su situación económica, conservar su posición como gran potencia en la región de los Balcanes y, sobre todo, evitar que algunos estados (como Serbia o Rumania) rebasaran sus fronteras y reclamaran la anexión de los territorios rumanos y eslavos dominados por ella. Es obvio que este peligro sólo se haría efectivo en el caso de que tales estados consiguieran el apoyo de una gran potencia. La dinastía Habsburgo, en su afán por anticiparse a esta fatal combinación, mostró un alto grado de flexibilidad e ingenio al adaptarse a la cambiante situación internacional durante los cuarenta años siguientes a la proclamación del Compromiso. La guerra no resultaba una opción deseable en modo alguno si se tenía en cuenta la relativa debilidad de la Monarquía Dual y las derrotas que había sufrido Francisco José I en las décadas de 1850 y 1870; además, los magiares, los súbditos más belicosos y antirrusos, nunca consiguieron influir en la política exterior de Austria-Hungría.

Los ministros de Asuntos Exteriores de Francisco José I manejaron acertadamente las distintas opciones posibles durante las décadas de 1870 y 1880; siempre en alianza con la Alemania gobernada por el canciller Otto von Bismarck consiguieron resistir los intentos rusos por ampliar sus territorios en los Balcanes: también lograron el apoyo de Gran Bretaña en el Congreso de Berlín (1878), en el que el Imperio Austro-Húngaro consiguió impedir la formación de un gran Estado serbio en su frontera meridional, encargándose de la administración de Bosnia-Herzegovina; y pactaron con Gran Bretaña e Italia la Entente Mediterránea de 1887, acuerdo apoyado por Alemania a pesar de la caída del cauteloso Bismarck en 1890. Los representantes del Imperio establecieron pactos defensivos (con el II Imperio Alemán en 1879 y con Rumania en 1883) ante el temor de un ataque directo por parte de Rusia; firmaron acuerdos para neutralizar y controlar a las naciones susceptibles de crear conflictos (con Serbia en 1881; con Italia —que se unió al pacto firmado con Alemania, formando la Triple Alianza— en 1882, y con Rumania en 1883); llegaron incluso a negociar tratados con Rusia, aunque presionados por Bismarck, interesado en estabilizar la situación de los Balcanes durante varios años: se formó así la Liga de los Tres Emperadores (1872-1878), que agrupó a los imperios Ruso, Alemán y Austro-Húngaro y se transformó en la Alianza de los Tres Emperadores (1881-1887). Todas estas gestiones permitieron a la Monarquía Dual salvaguardar su integridad sin llegar a la guerra.