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Ballets Rusos, compañía de ballet rusa con sede en París creada por Sergei Diáguilev. Los Ballets Rusos fueron llevados por Diáguilev desde los teatros de la Rusia Imperial a París en 1909. Tuvieron un éxito inmediato debido sobre todo a bailarines como Vaslav Nijinski y Adolph Bolm, y a los exóticos ballets con coreografía de Mijaíl Fokin. Los ballets de Fokin, inspirados en temas rusos y casi siempre con música de Ígor Stravinski y decorados de Bakst y Benois, comprenden Las sílfides (1909), Petruska (1911), y El pájaro de fuego (1910). Diáguilev encontró otro magnífico coreógrafo en la figura de Nijinski, quien introdujo técnicas ajenas al ballet clásico y una cierta dosis de erotismo en La siesta de un Fauno (1911) y en La consagración de la primavera (1913), con gran desaprobación por parte de los sectores más conservadores de la danza.
La Revolución Rusa obligó a Diáguilev a cortar sus lazos con su país natal y sus ballets continuaron, pero con constantes dificultades económicas. Bailarines extranjeros, bajo nombres rusos, empezaron a bailar en la compañía. Un nuevo coreógrafo, Leonid Massine, creó obras muy populares que se apoyaban en una danza de fuerte carácter para conseguir el máximo efecto entre las que se incluyen en 1919, La tienda fantástica y El Sombrero de tres picos, en el que colaboraron el compositor español Manuel de Falla y el pintor Pablo Ruiz Picasso y que fue uno de los mayores éxitos de la compañía.
En 1921, en Londres, Diáguilev produjo La bella durmiente de Petipa, una vuelta al clasicismo que no sólo resultó extremadamente onerosa, sino que al público no le gustó y provocó otra crisis financiera. Diáguilev recurrió a Bronislava Nijinska para crear ingeniosos ballets, utilizando el talento de artistas como Goncharova y Stravinski (Las bodas, 1923) y como Laurencin y Poulenc (Las gacelas, 1924). Massine también creó obras dentro de un estilo más contemporáneo, como Los marineros (1925) y Oda (1928). George Balanchine realizó coreografías para la compañía en un estilo cada vez más neoclásico (Apolo Musageta, 1928).
Los Ballets Rusos siempre reflejaron el concepto de la danza de Diáguilev como una entidad que unificaba el movimiento, la música y el decorado; con él, el ballet se transformó en un espectáculo artístico completo. Encargó obras a los músicos y artistas más vanguardistas de su época y atrajo hacia su compañía al público intelectual e interesado por las últimas tendencias. Después de su muerte, los bailarines en quienes había influido contribuyeron a la gran expansión del ballet en las décadas siguientes. En 1929, a la muerte de Diáguilev, su legado artístico fue continuado por dos compañías: la del coronel Wassily de Basil y la de los ballets de Montecarlo. Ambas contrataron a muchos de los principales coreógrafos que habían trabajado con él.