| Vista de búsqueda | Imperio Francés | Vista del artículo |
| 1. | Introducción |
Imperio Francés, conjunto de los territorios extraeuropeos que han estado vinculados colonialmente, desde el siglo XVI, a Francia; así como las posesiones europeas que, con carácter imperial, Napoleón I Bonaparte puso bajo su mandato, directo o indirecto, a principios del siglo XIX.
| 2. | La primera expansión americana |
Aunque los reyes franceses estaban interesados en consolidar su posición en Europa, se negaron a aceptar la división del mundo entre España y Portugal formulada en 1494 por el Tratado de Tordesillas. Francisco I estaba especialmente fascinado por la leyenda que afirmaba la posibilidad de llegar a China atravesando el Atlántico, y financió los tres viajes de Jacques Cartier, que exploró el río San Lorenzo, situado en Canadá, a partir de 1534. Con las últimas misiones de Samuel de Champlain, dicho territorio se convirtió mucho más tarde en Nueva Francia, donde en el siglo XVII se establecieron unos 4.000 campesinos franceses. Marineros bretones y normandos se dirigieron a Terranova para pescar bacalao, y a Madeira y Marruecos para conseguir azúcar y otros productos.
| 3. | Los siglos XVII y XVIII |
En el siglo XVII, la Compañía de San Cristóbal conquistó la isla de Martinica y el archipiélago de Guadalupe, en las Antillas, y filibusteros franceses alcanzaron Santo Domingo (la isla de La Española); después de explorar el Mississippi y el golfo de México, establecieron una posesión que, en honor del rey Luis XIV, fue llamada Luisiana (origen del actual estado) en 1682.
En el siglo XVIII, Francia poseía ya Canadá; Luisiana; las Antillas francesas; algunos puntos de comercio en África (Saint-Louis, en Senegal, fundada en 1659, y Ford-Dauphin, creado en 1642, en Madagascar); las islas de Francia (Île de France) y Borbón (Bourbon) —que más tarde pasaron a llamarse Mauricio y Reunión—, en el océano Índico; y algunas factorías en la India, entre las que destacaron las de Pondicherry y Chandernagore (fundadas en 1673-1674). En 1763, tras el Tratado de París, Francia perdió la Luisiana, que volvió a ser dominio español, y de Santo Domingo sólo retuvo la parte occidental, pronto llamada Haití. El Imperio Francés sufrió las consecuencias de las Guerras Anglo-francesas, sobre todo en el caso de Canadá y la India.
| 4. | El I y el II Imperio |
En 1804, Napoleón I Bonaparte fue proclamado emperador, por lo que tuvo lugar poco después el agravamiento de las Guerras Napoleónicas que enfrentaron a las principales potencias europeas al dominio francés en el continente. No obstante, el gran proyecto imperial de Napoleón I Bonaparte, en lo que respecta a los territorios allende de Europa, consistía en el dominio de las posesiones españolas en América. Para conseguirlo, impuso a su hermano José I en el trono de España (1808), convocó a Cortes en Bayona y envió emisarios a todos los virreinatos, para obligarles a acatar el nuevo régimen establecido en Madrid. El sueño napoleónico fracasó, porque tanto los criollos como los peninsulares rechazaron las propuestas de Napoleón e iniciaron el proceso de la independencia (emancipación). En 1815, finalizado definitivamente el denominado I Imperio, las posesiones coloniales francesas se limitaban a la Martinica y Guadalupe, Saint Pierre y Miquelon (en las costas de Terranova), algunas factorías en Senegal y otras cinco en la India y Reunión. A estos territorios se sumó, en 1817, la Guayana Francesa, destinada a ejercer como penal en años posteriores. En 1830, por razones de prestigio monárquico, los franceses conquistaron la ciudad de Argel, y, cuatro años más tarde, se anexionaron todo el territorio de Argelia. Con Napoleón III, Francia recobró su calidad de potencia en todos los continentes: se finalizó la conquista de Argelia y Senegal, y se llevaron a cabo las anexiones de Nueva Caledonia (1853) y Cochinchina (1862-1867). Su intervención en México y el intento de consolidar el gobierno del emperador Maximiliano, en 1864, constituyó un rotundo fracaso tres años más tarde.
| 5. | El auge del imperialismo |
Sin embargo, la definitiva expansión colonial francesa no se materializó hasta la III República. Tras la derrota de Francia frente a Prusia en la guerra mantenida entre ambas en 1870 y 1871 (Guerra Franco-prusiana) y la posterior unificación de Alemania, parecía que Francia debería convertirse en potencia colonial, como había hecho Gran Bretaña, para mantener su prestigio. De otro lado, por entonces, se sostenía la idea de que las colonias podían ser fuentes de riqueza, ya que ofrecían materias primas nuevas y estaban abiertas a la inversión francesa, lo que podría suponer importantes beneficios. Cuando se empezaron a explorar territorios como China y África, lo más probable era que si Francia no intervenía, otras potencias lo hicieran, y aquélla se quedaría fuera, con el consiguiente deterioro de su posición en el ámbito internacional. Francia intentó entonces dotar a su colonización de un carácter misionero y civilizador, como ya habían hecho los británicos. Tal y como lo expuso el principal político a favor del desarrollo de un imperio colonial, Jules Ferry: “Las razas superiores tienen la obligación de civilizar a las razas inferiores”. En dos grandes exposiciones internacionales celebradas en París en 1889 y en 1900, fueron expuestas estas ideas junto con la representación del exotismo de los pueblos coloniales. Además, Jules Ferry intentó que las colonias se integraran en la estructura económica francesa, como potenciales áreas de inversión de capital y de salidas para la industria, finalizando el anterior proyecto de colonias de repoblación y dando así por iniciado el tipo de dominación conocido como imperialismo.
Pero estas ideas no eran universalmente aceptadas. Para muchos, el futuro de Francia venía determinado por las relaciones con Alemania, y consideraban que las expediciones coloniales eran una diversión que podía debilitar el poder francés. Los nacionalistas exigían que se fijara la atención sobre la región perdida —como consecuencia de la Guerra Franco-prusiana— de Alsacia-Lorena.
No obstante, se adquirieron nuevos territorios en ultramar. En 1871, ya vivían casi 300.000 colonos en Argelia, a los cuales hay que añadir los que huyeron de la ocupación alemana en Alsacia-Lorena, así como los inmigrantes procedentes de España, México e Italia que querían participar en lo que parecía ser una economía en alza. De este modo, las relaciones con los países vecinos de Argelia (Túnez y Marruecos) se convirtieron en una cuestión importante. En 1881, Francia obligó al bey de Túnez a aceptar un protectorado francés sobre su territorio, debido en gran parte al creciente interés italiano por su territorio. También había una razón estratégica, ya que si los italianos controlaban el puerto tunecino de Bizerta, tendrían (al menos en teoría) la facultad de bloquear el mar Mediterráneo, lo cual resultaba inaceptable para Francia como potencia mediterránea. En Marruecos, sólo era cuestión de tiempo que los franceses impusieran su predominio económico. En la Conferencia de Algeciras (1906), se reconoció el sur de Marruecos como área de influencia francesa, mientras España ocupaba la zona norte del Rif. Cuando se produjeron las primeras crisis internacionales, se estableció el protectorado francés, en 1912, en la Convención de Fez (que mantuvo las posesiones españolas en el Rif y en Ifni, en el sur).
Dentro del proceso que se dio en llamar reparto de África, el África ecuatorial fue explorado por Pierre Savorgnan de Brazza entre 1875 y 1880, y en 1910 los territorios en los que ondeaba la bandera francesa (Gabón, el Congo Medio —en la actualidad, República del Congo—, Ubangui-Chari —la actual República Centroafricana— y Chad) fueron agrupados bajo la denominación de África Ecuatorial Francesa. Algo parecido había ocurrido en África occidental, donde, tras la ocupación de Costa de Marfil en 1883, Guinea (la actual Guinea-Conakry) en 1896, y Dahomey (en la actualidad, Benín), en 1892; Senegal y otros territorios se unieron a estos países para formar el África Occidental Francesa. Exploradores y soldados franceses trataron de unir todos estos territorios internándose en el Sahara, pero no fue del todo posible, tanto por motivos físicos como por la hostilidad de los pueblos nómadas que vivían allí. No obstante, las tropas francesas ocuparon en 1899 y 1900 los grandes oasis.
La rivalidad franco-británica era especialmente fuerte en Madagascar, y los habitantes de Reunión solían incitar a los franceses para que tomaran medidas. En 1885, se estableció allí un protectorado, pero se produjeron numerosos levantamientos contra los franceses, que emprendieron una encarnizada guerra que desembocó en la anexión de Madagascar en 1896.
La opinión pública francesa estaba más preocupada por la situación en Indochina, porque afectaba a la prudente política del gobierno encabezado por Jules Ferry, y porque suponía la intervención del Ejército francés. Allí, los franceses concentraron sus esfuerzos en Tonkín, lugar que querían convertir en zona de acceso hacia China; pero tropezaron con la oposición del emperador de Annam, que les obligó a abandonar Hanoi, ciudad que habían ocupado en 1873. Volvieron a intentarlo en 1881 y aunque tropezaron con algunas dificultades, establecieron un protectorado francés sobre Tonkín en 1884. Un año más tarde, se firmó en Tianjin un acuerdo con China, en el que se reconocía la posición francesa. Entre 1887 y 1893, Auguste Pavie penetró de forma pacífica en la zona septentrional de Laos. En 1893, se proclamó la Unión Indochina, formada por la colonia de Cochinchina y el protectorado de Annam, Tonkín, Camboya y Laos.
En 1914, el dominio colonial francés estaba compuesto por unos 50 millones de habitantes, que vivían en unos 10 millones de km2 de extensión. Se desarrolló una administración y una cultura colonial, intentando establecer una mayor unidad entre las colonias. Pero no se llegó a un acuerdo sobre la relación que estos territorios debían mantener con la Francia metropolitana. Para algunos significaba garantizar una explotación económica que reportara beneficios para Francia, como era el caso del vino de Argelia; para otros suponía mantener el prestigio nacional de Francia; de otro lado, también se hablaba de asimilación de los habitantes de las colonias a la superior cultura francesa; para muchos se trataba de una simple asociación coyuntural que permitía a empresas francesas invertir en vías férreas, puentes o embalses para estos territorios. La situación de numerosos colonos (en especial en Argelia) franceses que habían abandonado la metrópoli para facilitar el control colonial, y en especial de sus descendientes, educados en la cultura francesa, pero que no gozaban de los mismos derechos que los ciudadanos franceses, obligaba a tomar una determinación. La opinión de los partidos políticos de izquierda en Francia, contrarios al colonialismo, permitió la aparición de una opinión que exigía cambios dentro del Imperio Francés.
| 6. | La crisis imperialista y la descolonización |
En la época de entreguerras (1919-1939), ya se habían previsto algunos cambios en el sistema colonial. En 1936, cuando se hallaba en el poder el socialista Léon Blum a la cabeza de una coalición izquierdista (Frente Popular), se llevó a cabo un intento de facilitar el acceso a la nacionalidad francesa a los ciudadanos de las colonias, de modo que aquéllos que se habían destacado intelectual o militarmente, podían obtenerla sin tener que renunciar a su religión o a su cultura originaria. Durante la II Guerra Mundial, el general Charles de Gaulle, que había utilizado las colonias de África ecuatorial para atraer la atención de los aliados sobre su pequeño ejército, convocó una conferencia sobre los territorios africanos en Brazzaville. Aunque se reconoció la necesidad de cambios, De Gaulle recalcó que llevarían mucho tiempo, y que no culminarían en la proclamación de independencia, sino en nuevas formas de administración que permitirían a los pueblos africanos tomar parte en la gestión de temas de competencia francesa. La Constitución de 1946 (que estableció la IV República en Francia) hizo que el conjunto de territorios que habían conformado el poder colonial francés pasara a denominarse Unión Francesa, y se recalcaba que, cualquiera que fuera el régimen jurídico de cada territorio (departamento, colonia, protectorado), y cualesquiera que fueran los objetivos para el desarrollo económico y cultural, siempre prevalecería un principio, el de la unión entre los territorios de ultramar y la Francia metropolitana. Suponía, por tanto, repudiar cualquier pretensión, no sólo de independencia, sino de autogobierno en los territorios de ultramar.
El rechazo a la Unión Francesa provocó varias guerras, que acabarían por enterrarla. La primera se produjo en Indochina. En 1945, con la confusión producida por la rendición de las fuerzas japonesas ante los chinos en el norte y ante los británicos en el sur, las fuerzas de resistencia indochinas, a las órdenes de Ho Chi Minh, proclamaron su independencia de Francia, y el partido comunista (el Vietminh) proclamó las repúblicas independientes de Tonkín, Annam y Cochinchina. En octubre, llegó una fuerza expedicionaria francesa con la misión de restablecer la autoridad francesa en el sur del país. En 1947 y 1948, los sucesivos gobiernos franceses trataron de solucionar el problema admitiendo estas repúblicas, junto con Camboya y Laos, dentro de la Unión Francesa. Pero fue imposible llegar a un acuerdo. Por tanto, se produjo una guerra colonial.
El 7 de mayo de 1954, el Ejército francés sufrió una gran derrota en Dien Bien Phu, en Tonkín. El 17 de junio, Pierre Mendès-France, al frente de una poderosa alianza de partidos de izquierdas, se convirtió en jefe del gobierno. Siempre había estado en contra de la guerra, y después de un mes de negociaciones, los acuerdos de Ginebra pusieron fin a la presencia francesa en Indochina. Para Francia, el conflicto en Indochina había acabado, pero en noviembre de 1954 comenzó la guerra en Argelia.
Esta guerra fue diferente, pues estaba próxima a Francia y afectaba a un territorio donde vivían más de un millón de europeos que tenían la nacionalidad francesa. Jóvenes franceses que cumplían el servicio militar fueron enviados al combate. Al principio, las operaciones militares tuvieron éxito. Argel fue pacificado durante 1957, y las fronteras entre Argelia, Marruecos y Túnez resultaron cerradas, de modo que los rebeldes no pudieran recibir ayuda de estos países. Pero los colonos acusaban a los gobiernos de París de debilidad y de no acabar rápidamente con una guerra que parecía interminable. El 13 de mayo de 1958, organizaron una rebelión y tomaron Argel. En Francia se vivía un clima de crispación y fracaso, que provocó el desconcierto y la división entre las fuerzas de la izquierda. El resultado —a fin de evitar un conflicto tanto en Argelia, como en Francia— fue el regreso al poder del general Charles de Gaulle. Nadie sabía en verdad cuál iba a ser su política. Parecía que estaba decidido a conceder la independencia a Argelia y que, posteriormente, ésta mantendría una estrecha relación con Francia. Pero, en cualquier caso, en marzo de 1962 se firmaron los denominados Acuerdos de Evian que pusieron fin al conflicto y facilitaron la definitiva independencia argelina.
De Gaulle había tratado de afianzar el control sobre las colonias africanas, para lo que creó la Comunidad Francesa (1958), pero los principales líderes africanos sólo buscaban la independencia y rechazaron formar parte de dicho organismo. Al igual que Túnez y Marruecos, ambas en 1956, en la década de 1960 se independizaron la práctica totalidad de las colonias francesas del África subsahariana, a excepción de las islas Comores —que lo hicieron, casi en su totalidad, en 1975— y Yibouti (la antigua Somalia Francesa y, también, Territorio Francés de los Afars y los Issas), que hizo lo propio en 1977.
Los únicos restos del antiguo Imperio Francés que aún perduran son: el archipiélago de Saint Pierre y Miquelon, en el norte del océano Atlántico (al sur de las costas de Terranova); la Guayana Francesa, en Sudamérica; las islas de Guadalupe y Martinica, en las Antillas francesas (mar Caribe); Nueva Caledonia, la Polinesia Francesa y los archipiélagos de Wallis y Futuna, en el océano Pacífico; y las islas Mayotte (la parte francesa del archipiélago de Comores) y Reunión (al sur de Madagascar), en el océano Índico.