Guerra de los Países Bajos
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Guerra de los Países Bajos
3. Desarrollo del conflicto en el siglo XVI

En el verano de 1566 se produjo una oleada de desórdenes en las ciudades flamencas que se polarizó en el saqueo de iglesias y conventos. Felipe II, que según cartas de la época se hallaba 'gravemente ofendido' por la incapacidad de la alta nobleza para frenar estas acciones, tomó la decisión de enviar un año más tarde a los Países Bajos a Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, al mando de un gran ejército.

A partir de la llegada de éste, la tensión se transformó en un verdadero enfrentamiento bélico. El duque de Alba estableció el que pasaría a ser más conocido como Tribunal de los Tumultos, con una deliberada confusión de jurisdicciones, política y religiosa, y recurrió a una serie de impuestos destinados a paliar los gastos de la guerra, que enconaron a la burguesía. En este momento comenzaron a operar quienes la historiografía española dio el nombre de “mendigos del mar”, que llegaron a controlar el estuario del Escalda y a comprometer el tráfico comercial de Amberes. Además, Francia e Inglaterra vieron la ocasión de presionar a España apoyando a los rebeldes.

El duque de Alba no pudo poner fin a la revuelta y en 1573 fue relevado por Luis de Requesens y Zúñiga, quien llegó a los Países Bajos con el cargo de gobernador e instrucciones precisas de negociación. Debía salvaguardar, a toda costa, la soberanía española y la ortodoxia católica. Requesens era un hombre de opiniones moderadas, pero fue incapaz de romper la dinámica política de su predecesor; la guerra pues continuó, con desigual fortuna para las tropas españolas. Felipe II enviaba a los Países Bajos ingentes sumas de dinero (en 1574, concretamente, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas. En septiembre de 1575, el Rey declaró suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó cortada. Fue el revés definitivo para un hombre que había encajado a la fuerza un cargo, cuyos objetivos no había logrado encauzar. Requesens murió en marzo de 1576. El vacío de poder propició el 4 de noviembre de ese año el inicio del más célebre de los saqueos de Amberes, que sirvió de aglutinante para una rebelión general de católicos y calvinistas frente al Ejército español.

Felipe II encomendó el control de la situación a su hermano, Juan de Austria. Mediatizado por la escasez de recursos, el nuevo gobernador no pudo hacer otra cosa que aceptar la mayor parte de las condiciones de los rebeldes, lo cual no aclaró la complicada situación política. Juan de Austria murió en octubre de 1578 y fue sustituido por Alejandro Farnesio, uno de los mejores diplomáticos de la época y un formidable militar.

Los nobles católicos del sur mantenían la esperanza de un acuerdo honorable con el rey de España, en contra de la intransigencia de los burgueses calvinistas del norte, aglutinados en torno a la persona de Guillermo de Orange-Nassau. Alejandro Farnesio se valió de esta diversidad de intereses, logró controlar a los tercios y recibió enormes cantidades de plata procedente de las Indias.

En enero de 1579, diputados de las provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Güeldres y del territorio que circundaba la ciudad de Groninga (Ommelanden) firmaron la Unión de Utrecht, por medio del cual nacieron las Provincias Unidas. El acuerdo no mencionaba la autoridad del rey de España y comprometía a estos territorios a la lucha hasta la victoria total. Pocos días antes, los estados de Hainaut y Artois habían concluido la Unión de Arras, a la que pronto se uniría el Flandes valón.

En el Tratado de Arras, acordado en mayo de 1579, los valones reconocieron la plena autoridad de Felipe II, con lo que el sur de los Países Bajos quedó definitivamente integrado en los dominios españoles. Las provincias del norte continuaron la guerra, y el mar fue en adelante el campo de batalla fundamental. Los intereses de Inglaterra vinieron a incidir en una lucha perdida de antemano para los españoles. En efecto, tanto Inglaterra como Francia firmaron en 1596 con ellas la llamada Coalición de Greenwich, con el único objetivo de enfrentarse a la posición española en el orden internacional imperante. Después de haber acordado con Francia en mayo de 1598 la Paz de Vervins, Felipe II entregó los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia y al marido de ésta, el archiduque Alberto de Habsburgo, para que los gobernaran como soberanos conjuntos, con un estatuto de semiindependencia. Las provincias meridionales aceptaron, pero las septentrionales siguieron luchando.

El rey Felipe III, en el trono español desde 1598, reconoció oficialmente la independencia de los territorios septentrionales de los Países Bajos (Provincias Unidas) cuando el 9 de abril tuvo lugar en Amberes la firma de la denominada Tregua de los Doce Años.