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| 4. | El tercer imperio: África y la descolonización (1822-1975) |
Después de la pérdida de Brasil, dependía de Gran Bretaña, como suprema potencia marítima, que Portugal conservara el control sobre sus otras posesiones en ultramar: Cabo Verde y la zona continental de Guinea (administradas conjuntamente hasta 1879); Santo Tomé y Príncipe, en donde los esclavos fueron sustituidos por trabajadores contratados en las plantaciones de cacao y café; el Estado de India; Macao y Timor (administrados conjuntamente hasta 1896); Angola, donde las colonias europeas no habían rebasado la zona costera; y Mozambique (donde la población portuguesa tampoco había penetrado en el interior), gobernado desde Goa hasta 1752, aunque la Corona entregó grandes propiedades del interior del país (los prazos, abolidos en la década de 1930) a arrendatarios africano-portugueses y nativos. Presionada por Gran Bretaña, Portugal accedió a abolir completamente cualquier tipo de comercio de esclavos en sus posesiones en 1842 y abolió la esclavitud en 1869.
En el reparto de África que tuvo lugar en las décadas de 1880 y 1890, las potencias europeas decidieron que Portugal tenía derecho a extender su autoridad en el interior de Angola y Mozambique. Los portugueses perdieron en 1885 en su disputa por los territorios de la cuenca del río Congo frente a los intereses del rey de los belgas, Leopoldo II, según los acuerdos suscritos durante la Conferencia de Berlín; y más tarde intentaron unificar Angola y Mozambique, plan que se vio frustrado por el ultimátum enviado en 1890 por Robert Gascoyne-Cecil, tercer marqués de Salisbury, el primer ministro británico, que desautorizaba esa anexión. Tras estos acontecimientos, Portugal emprendió campañas de “pacificación” en las regiones interiores de Angola y Mozambique. Se adoptó el modelo británico del gobierno indirecto en las posesiones coloniales; en Mozambique se siguió el ejemplo de las compañías británicas autorizadas por la Corona y se establecieron tres empresas destinadas a explotar y favorecer el desarrollo de estos territorios.
Influidos por la práctica colonial francesa, los republicanos portugueses (que en 1910 habían destronado al último monarca, Manuel II) rebautizaron sus posesiones de ultramar como “colonias” en 1911 y les concedieron cierta autonomía financiera y administrativa con dispares resultados. Con la Ley Colonial de 1930, promulgada ya durante la dictadura del general António Óscar de Fragoso Carmona, se reactivó el centralismo. Las colonias pasaron a ser nuevamente provincias en 1951, por orden del jefe de gobierno y verdadero dirigente de Portugal, António de Oliveira Salazar, en un esfuerzo por reafirmar que se trataba de partes integradas en un Estado portugués multicontinental. Sin embargo, en 1972 se anunció la autonomía de Angola y Mozambique en la zona de moneda portuguesa (área delimitada en 1961).
El fin de la esclavitud en las posesiones africanas se vio seguido rápidamente por una legislación laboral que hacía hincapié en la necesidad de que la población indígena trabajara, lo que significaba que la mano de obra forzosa, empleada tanto en las plantaciones de algodón como en las obras públicas, continuó siendo una característica del sistema colonial portugués y de su misión civilizadora hasta la década de 1950. A pesar de que se les obligara a trabajar y a pagar impuestos, aquellos cuya situación legal era la de indígena quedaban excluidos de la categoría de ciudadanos a la que los africanos asimilados y los colonos europeos pertenecían. Estas distinciones fueron abolidas en 1961.
La resistencia al dominio portugués fue una constante en los territorios coloniales a lo largo del siglo XX; no obstante, la presión de las zonas dominadas en favor de la descolonización aumentó considerablemente en la década de 1960. Una vez que la India consiguió su independencia en 1947, anexionó por la fuerza el Estado de India portugués en diciembre de 1961, hecho que Portugal sólo reconoció después de la Revolución de los claveles de abril de 1974. Anteriormente, en 1961, la violencia anticolonial había llegado a Angola: comenzaron entonces las hostilidades entre el Movimiento Popular de la Liberación de Angola (MPLA), de ideología marxista, y la Unión del Pueblo Angoleño (UPA). Sin embargo, debido a la rivalidad y debilidad de las propias fuerzas anticoloniales, el dominio portugués no se vio seriamente amenazado hasta la revolución democrática que tuvo lugar en Lisboa el 25 de abril de 1974. A partir de ese momento, la situación se deterioró rápidamente y Portugal abandonó el territorio en noviembre de 1975, cuando la guerra civil entre los grupos anticoloniales angoleños frenó un rápido crecimiento económico basado en recursos tales como el petróleo, los diamantes, el café y el hierro.
En Guinea, donde la estrategia contrarrevolucionaria portuguesa no consiguió controlar la creciente tensión, los conflictos comenzaron en 1963 y concluyeron con la independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde en 1974 y 1975, respectivamente. En Mozambique, las operaciones de la guerrilla comenzaron en 1964 y, gracias al Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), se alcanzó la independencia en 1975. Santo Tomé y Príncipe siguió ese camino el mismo año.
En Asia, Timor Oriental fue anexionado por Indonesia en 1975 y se cree que aproximadamente una tercera parte de la población (200.000 habitantes) perdió la vida durante el posterior periodo de represión. Portugal no reconoció nunca la incorporación de este territorio a Indonesia. En 1975, China no aceptó la devolución de Macao, territorio que había estado a punto de conquistar en 1849 y que fue ocupado por los guardias rojos en 1966; no obstante, ambos países acordaron en 1987 su devolución a China en diciembre de 1999, lo cual tuvo lugar la medianoche del día 20 de ese mes. Se puso así punto y final a la existencia de lo que había sido durante siglos un verdadero Imperio colonial ultramarino gobernado desde Portugal.