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Atabanaques, instrumento musical de percusión, semejante a un tambor, de origen africano, que da el tono y el ritmo en los rituales afro-brasileños.
Está fabricado con pieles de animales o cuero, muchas veces con barriles que aumentan su resonancia. Al contrario de los conjuntos de percusión y de batería de las escuelas de samba, donde los sonidos graves marcan la pulsación, los instrumentos agudos son los que hacen el solo. En el candomblé los tambores graves se utilizan para marcar la melodía, mientras que los agudos mantienen el tempo. En Bahía, los atabanaques, junto con los gonguês, agogôs, xeres e chocalhos, conectan a los hombres con las divinidades. Por esta razón son instrumentos sagrados, tratados como medios de comunicación entre los hombres y los orixás (divinidades). Los atabanaques reproducen mensajes cifrados, destinados específicamente a cada dios. Por eso tienen un vasto repertorio de toques y modalidades rítmicas que varían en función de cada orixá, danza o entidad invocada. Los textos musicales hacen referencia a varios dialectos africanos originales, entremezclados de palabras en portugués. En Pernambuco, el atabanaque recibe el nombre de ilú.
Para ser intérprete de este instrumento es preciso saber cómo se fabrica y conserva, además de cómo se utiliza. También es necesario asimilar el repertorio tradicional, los toques y conocer la liturgia. Por fin, el aprendiz necesita hacerse músico e ingresar en la vida religiosa. Los golpes con las manos en el centro, medio y borde de la membrana, son dados con las puntas de los dedos, con la muñeca y el borde de la mano, con cuero, amortiguado o no, o incluso con baquetas, produciendo un sonido peculiar que identifica a las diferentes naciones negras.