Crátilo
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Crátilo
2. Los nombres: ¿naturaleza o convención?

Este equívoco, cuyo sentido es un juego de palabras, explica la estructura singular del diálogo. Éste se compone de dos actos bastante desproporcionados en extensión. Además, los dos tercios de la obra están esencialmente dedicados a especulaciones etimológicas más o menos arbitrarias, de las cuales sólo un reputado helenista podría captar su intrínseca ironía. Hermógenes, de hecho, significa literalmente ‘descendiente del linaje de Hermes’, dios omnipresente que asegura el contacto, el paso o la transición entre los hombres y los dioses, la vigilia y el sueño, lo lejano y lo próximo. Por eso, es el dios de los viajeros, de los comerciantes y de los oradores. Pero éste no es el caso de Hermógenes: pobre (a pesar de tener un padre y un hermano muy ricos) y desprovisto de la agilidad física y mental que exigía el arte de la oratoria y que suponía la fortuna material de los sofistas (como, por ejemplo, Pródico de Ceos, del que Sócrates recuerda sus lecciones “a cincuenta dracmas”).

Por ello, Platón suscita la cuestión de los nombres en términos discursivos, pero la plantea, igualmente, de forma dramatúrgica. Es mediante un subterfugio como Sócrates es identificado veladamente con Hermes, en oposición a Hermógenes que, efectivamente, debe su nombre sólo a las convenciones. De hecho, Sócrates parece estar a favor de Crátilo. Aceptando romper su silencio en la ultima cuarta parte del texto, se propone incluso tomarlo ocasionalmente como discípulo. Gracias a la larga disgresión etimológica precedente, Sócrates le demostrará con su virtuosismo y su erudición en materia onomástica, fonética y gramática, que la cuestión de los nombres merecía ser planteada.